Aplique sobre el
cabello mojado. No por el sudor que una noche de sexo le ofrece: está solo. Su
casa se enfría con el cambio de estación y usted desea, como nunca, la compañía
de su esposa fallecida hace tres años. La extraña y al mismo tiempo recuerda
las tardes en que le pedía a Dios que se la llevara. Desvístase. Mírese al
espejo media hora antes de entrar a la regadera. Vea su cuerpo, su estómago
hinchado, las marcas en la cara que no notó cuando aparecieron. Su pelo delgado y sus ojeras. Sonría porque ha llegado hasta aquí. Entre a la ducha
y mójese el cabello.
Masajee
suavemente el cuero cabelludo con las puntas de los dedos en forma circular. Mientras
lo hace recuerde a sus hijos, lo poco que hizo por ellos y la distancia
que los fue separando con los años. Piense en las nietas que no conoce y en los
regalos de Navidad que nunca les dio; en las botellas de champagne guardadas en
la alacena que se ve tentado a abrir cada Año Nuevo. Pregúntese por qué y
luego recuerde las veces en las que llegó ebrio y no reconocía a su
esposa, en las que sus hijos se acercaron y los recibió con un golpe. Cierre
los ojos y apriete con fuerza para que no entre el producto.
Enjuague.
Olvídese del pasado. De las golpizas, de las mujeres que disfrutó por una noche; del rostro descolorido de su esposa cuando recuperaba la consciencia y
le preguntaba ¿por qué? Enjuague. Deje que el sabor metálico de la resignación baje
por su garganta hasta perforarle el estómago. Ayude a retirar el exceso de espuma metiendo los dedos entre el cabello y use abundante agua.
Asegúrese que no haya rastros del producto. De que el baño haya servido y que en la coladera queden los restos de una vida que lo sobrepasó, de la vida que no supo jugar, del ardor en el pecho cada que se acuesta a dormir y no ve sino sombras y ojos en las paredes que lo juzgan. Salga hasta que el aire entre en sus pulmones y esté seguro que puede sobrevivir el día.
Repita si es
necesario.
