miércoles, 4 de junio de 2025

UNA ESPERA INTERMINABLE

 

                                                                                                                              Feliz cumpleaños, A. 

Juvencio me mira. Me enseña los dientes cada que le da un sorbo al café. Dientes negros. Ojos negros y en la cabeza ni un pelo. El aire hierve y huele mal. A animales muertos. La esposa de Juvencio se llama Soledad. Tampoco tiene pelo. La piel le cuelga como si se le estuviera derritiendo cada que sopla el aire.

    En una esquina está un perro con cara de niño. A lo mejor lo es, pero no me doy cuenta. Si es un perro, está sarnoso, sin pelo, sin dientes, sin cejas. Si es un niño, la miseria lo dejó en un estado de bestia moribunda que lucha por extinguirse. Aquí la muerte es una promesa. El Reino Prometido no está más allá de la muerte. Es la muerte que todo libera.

    Me acostumbré al mal olor y a la piel blanca y despellejada de los esposos. Me costó tres días llegar. A veces a pie, a veces a caballo. Tres días. Los mismos que necesita un templo para reconstruirse. Vine porque no encuentro a mi primo Rosendo. Lleva dos años desaparecido. Ni un rastro de su presencia.

    Mi tía vive en una eterna zozobra que luego se vuelve ilusión brillante y después el oscuro infierno. Yo ya no tengo padres. Mi tía es todo lo que me queda, pero yo no le quedo a ella, no desde que Rosendo salió una mañana a su trabajo, diciendo que iba a ganarse el pan de cada día y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer, caer, caer tan bajo y tan profundo que no existe fondo y quedamos suspendidos en un abismal vuelo que no tiene destino, ni brújula, ni final.

    No volvió ese día, ni el siguiente, ni el siguiente, ni el siguiente. Nos dijeron que la última vez que lo vieron, un hombre calvo de dientes negros, de ojos negros y olor a podredumbre lo había interceptado. Que le había dicho no sé qué, tal vez una propuesta de mejor salario, de Paraíso recuperado para que lo acompañara a una tierra lejana y desértica donde trabajaran juntos por un tiempo y luego lo dejarían ir. No sabemos, pero se presta a la suposición.

    El caso es que Rosendo se subió a la mula que llevaba el hombre calvo de ojos negros y los dos se fueron rumbo al oeste y luego nadie supo de su paradero.

    El perro niño gime. Tiene hambre, pienso. El hambre de toda una vida. El tipo de hambre que viene de un pensamiento: no hay nada. Entonces esa idea se va hacia las entrañas y lo penetra todo. Cada célula y átomo del alma y el cuerpo se contamina, porque es el tipo de hambre que no se acaba con un pan.

    Afuera se escucha un cordero. Bee, bee, bee. También escucho voces, me cuesta adivinar. Las moscas que rodean al niño perro no me dejan oír. Juvencio dice ya llegó tu primo Rosendo, te dije que estaba vivo, te dije que estaba aquí. No te miento, ¿ves? No miento nunca.

    Soledad se ríe. Sus dientes son perfectos, pero su piel derretida le borra cualquier rasgo de belleza que hubiera tenido alguna vez. El olor a muerte ya me cala en la garganta. Mi café se enfrió. La mujer de piel chiclosa me dice que si me lo vuelve a calentar y le respondo no gracias, no me gusta mucho el café. Entonces me lo arrebata y se lo bebe sin respirar, sin darse cuenta que se le derrama por las comisuras y que cae como un río negro entre sus arrugas incontables.

    Juvencio me dice que nos levantemos y de pronto recuerdo una canción que tarareaba en la infancia. Lalalala titititit lalalalalala titititit ti ti lala. Era de una caricatura. Aparecían dos botargas enormes con cara de mono. Las dos tenían una sonrisa eterna. Y cuando decían que lloraban porque se sentían mal o enfermos, la sonrisa seguía firme en sus rostros de cartón. Y yo no entendía, me acuerdo, por qué cuando algo me dolía hasta la sangre, lloraba tanto que las lágrimas me borraban cualquier recuerdo de un momento feliz. Cualquier seña particular y me volvía una sábana, una nube, una hoja de papel en blanco.

    Nos levantamos de las sillas de madera de ocote. Salimos al páramo que rodea la casa. Hay muchas personas alrededor, pero no logro verles el rostro. El aire sopla. Toda la mañana sopla el viento. El polvo que se levanta tapa el sol, pero puedo ver perfectamente al cordero bee bee bee.

    Lleva el sufrimiento clavado en los ojos. Es miedo. Se retuerce porque quiere huir de ahí, lejos. Entonces me doy cuenta de que esos ojos tristes ya los he visto antes. Que es mi primo Rosendo desaparecido. Que está rodeado de personas que lo llevan amarrado por el cuello, en una suerte de peregrinación.

    Soledad y Juvencio sonríen y se ponen a rezar yo soy el aire, yo soy Dios, yo soy el cordero de Dios que borra los pecados del mundo, dichosos los invitados a la mesa del Señor. Dicen yo soy el sol que corroe hasta el aire, yo soy la magia. Yo soy la transfiguración en el Monte Tabor. Yo soy la sangre de las cinco llagas de Cristo. Soy la Muerte, soy el río negro, soy el sol negro, soy el polvo que se levanta de la tierra y se pega en la garganta. Yo soy tú. Yo soy él. Nosotros y ellos.

    Las voces alrededor repiten lo mismo y los ojos del cordero sacan lágrimas de sangre. Me duele tanto el corazón que me cuesta respirar. Y en ese dolor pienso que quiero intercambiar el lugar con el cordero mi primo, que a mí ya nadie me espera, pero él tiene una vida en adelante con su madre, mi tía. Con una muchacha de cabello largo. Con una familia, con su amor.

    Quiero quedarme en el páramo hasta convertirme yo también en animal y me den en ofrenda al Dios de los Cielos Sepulcrales. Pero nadie me escucha. La peregrinación sigue, me atraviesa. Dejo de tener cuerpo y los hombres sin cara me traspasan. Mi cuerpo mismo se vuelve polvo y desde la altura veo cómo Rosendo es acomodado en una mesa de piedra. Grita, tiene miedo, lo rodean y desaparece.

    Luego el tiempo se detiene.

     El tiempo y yo siempre fuimos uno.




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