Ese día, como siempre que comenzaban las vacaciones, mamá acomodó mi maleta para ir a la casa de la abuela. Me pegué a una de las puertas traseras
para disfrutar el panorama. Ella ordenó que me sentara en medio.
Por qué tengo
qué ir. Allá no me siento bien, no me gusta. La abuela me dice que barra toda
la casa, todos los días. Que lave los trastes, que vaya por las tortillas, que
esto y lo otro. Son mis vacaciones mamá. Sí, pero tú también entiende, me
respondió con los ojos clavados en el espejo retrovisor. Ella es muy vieja y ya
no puede ver, apenas escucha. Tienes que ayudarle.
¿Y por qué no
le ayudas tú?, le contesté. No me dijo nada más. Del otro lado autos, mujeres
que hablan por teléfono mientras manejan, niños que iban a un partido de
baseball, perros con la nariz en la ventana.
Llegamos a un paso
peatonal. Luz roja. Una niña con peces dorados se paró enfrente y levantó las
manos para enseñar los cuerpos que refulgían. Caminó entre los autos hasta
llegar al nuestro. Me recorrí a la ventana y miré las bolsas. Había un pez más
grande que los demás. Inquieto, iba de un lado a otro, empujando el plástico
con la cabeza.
Las lágrimas
se me acumularon en los ojos. Quiero ése, mamá. Cómpramelo. Ella me dijo que no.
Que no podía hacerme cargo del animal y que no duraría una semana vivo. La niña
esperó hasta que mi madre le dijo no gracias.
Fruncí las
cejas, mis puños se cerraron y quise golpear cualquier cosa. Volteé para ver a
la niña que ya estaba en la banqueta. El pez seguía dando vueltas. La idea de tomar
la bolsa y correr me dio luz verde. Los autos avanzaron, la puerta se abrió.
Me enyesaron de
la cintura para abajo. Estuve en casa, viendo las caricaturas y escuchando música.
Pude ver a los otros niños jugar y unos hasta vinieron a visitarme. Mi mamá me
peinaba el cabello, olvidé sus ojos clavados en mí.
Fue un buen verano.

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