domingo, 13 de diciembre de 2020

Mi dulce Cabeza de Balón:

 

¿Estará bien llamarte así? ¡Oh, Arnold! Nunca fuiste mío. Nunca tuve el valor de pararme frente a ti y decirte te amo, te amo te amo. Y hasta el día de hoy es cierto. Arnold, tú no lo sabes, pero cada mañana busqué un asiento para sentarme detrás de ti y ver tu maravillosa nuca ovalada. Tu cabello despeinado y ese suéter azul.

Arnold, me porté como una loca desde que nos conocimos. Como una niña grosera e insensible que inventó cualquier excusa para molestarte, para que de algún modo te fijaras en mí. En esta niña tímida que soy en el interior. En esta niña que por las mañanas busca entre los estantes de su casa algo de comer porque a esa hora, Miriam toma su calmante y no me escucha. Es como si le sacaran el cerebro y fuera una muñeca vacía. Y Bob, agh, deberías escucharlo gritar toda la mañana porque no encuentra su cinturón de la suerte o sus zapatos lustrados. Se olvidan que tienen otra hija y que se llama Helga y no Olga.

¿Sabes, Arnold? En el fondo nunca me sentí suficiente para ellos. Lo suficientemente valiosa para que se fijaran en su hija menor que no toca el piano, que no prepara galletas para los orfanatos y no tiene las mejores calificaciones. En el fondo, mi amado, tampoco me sentí suficiente para que un niño como tú, tan valiente, guapo, inteligente, generoso se fijara en mí.

¡Oh, Arnold! Tu imagen fue la que me ayudó a sobrellevar mi miserable vida. Si algo brillaba en ella, era tu cabeza de balón. Pero el motivo que me lleva a escribir esta carta, es decirte todo antes de partir.

Bob consiguió asociarse con una compañía que va a llevarlo a la cima en la venta de localizadores. Vamos a mudarnos de ciudad y, Arnold, no sé si algún día volveré a verte. Es como aquella vez que creí que iba a morir de mononucleosis y estuve a punto de confesarte mi amor, sólo que esta vez no hay cura para el adiós.

Hace mucho me preguntaste si sabía lo que era gustarle a alguien, cuando la otra persona te gusta gusta. Tú me gustas gustas. Me encantas. Te amo, Arnold, te amo. Estoy loca por ti. Ya no tengo miedo de decírtelo, ni de que lo sepa toda la Pública 118, ni que me rechaces y me contestes que no significo nada para ti. Que estás enamorado de Lila y que nunca pondrías los ojos en una niña ruda, osca y grosera como yo.

Aun así te pido que recuerdes los buenos tiempos, los juegos de baseball, la obra de teatro en la escuela o cuando pasamos juntos el día de acción de gracias. Recuerda a esa niña que te consoló bajo el árbol cuando que Lila terminó contigo. Mi corazón te acompañará a lo lejos y pensaré en ti hasta el último día de mi vida. Eres y siempre serás mi primer amor.

Perdóname por todas las veces que te puse el pie para que tropezaras, cuando te llené el trasero con pegamento y luego puse plumas en tu asiento para que parecieras un ave. O cuando te tiré el almuerzo en la ropa para llamar tu atención. En el fondo, todo eso te daba un te quiero, por mí.

Bien, supongo que esto es el adiós.

Tuya por siempre:

Helga G. Pataki

UNA ESPERA INTERMINABLE

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