lunes, 14 de febrero de 2022

VENTANAS CERRADAS, VENTANAS ABIERTAS

 

Llegas a tu casa y notas algo diferente. Ya no está colgado el cuadro de los dos, el que mandaste pintar con un artista callejero que hacen figuras psicodélicas con aerosoles. Tampoco están los cuadros de Joan Miró que nunca te gustaron porque en la noche parecían moverse y que tantas veces le pediste a A que los quitara. Bien, las ha quitado. Las ha quitado como quitó del librero su colección de mangas sin abrir de Berserk. Igual que los libros de Lovecraft de la editorial Del Nuevo Extremo, las obras de Asimov y de Ray Bandbury. Entras a la cocina para tomar agua. Lo topas de frente con un vaso de whisky. Dice me esperé a que llegaras. Me esperé, porque me gusta hablar las cosas como son. Ya no es lo mismo entre nosotros. Desde hace unos meses que…

Se va.

Escuchas la puerta cerrarse y el motor del taxi cuando se aleja. No puedes llorar. Sabes que tienes algo atorado, pero no ubicas dónde ni qué. Algo como una especie de cansancio que se mete en medio de los músculos, el cabello y la sangre. Tu respiración se entrecorta y prefieres terminar el whisky de A que tomar agua porque quién necesita agua en un momento así. Sirves el segundo y el tercero. El cuarto, el quinto. Bien servidos, hasta el borde.

Recorres el resto de la casa. Los cajones del armario son ataúdes abiertos. Ya no hay zapatos junto los tuyos, tampoco las fotografías instantáneas de los conciertos a los que fueron juntos. Ni de su último cumpleaños, ni de la primera vez que te regaló un ramo de flores. Tampoco están en la basura. No hay caras mutiladas en la taza del baño. Las habrá quemado o se las llevó. Quién sabe. Te acuestas en la cama y cierras los ojos.

Eso fue ayer. Hoy suena el teléfono muchas veces y te gustaría tomar un martillo y darle hasta que deje de fastidiarte la puta vida de una vez. No hay martillo, A se llevó las herramientas. Claro. Sus herramientas. Descuelgas y es tu mamá. Te pregunta qué tal todo y cómo está A. Caes en cuenta del fastidio que será decirle a tus familiares y amigos que A se ha marchado porque las cosas entre los dos ya se habían enfriado. Que él es un hombre de emociones fuertes y tú un ratón de biblioteca que gusta de comprar el té del mismo sabor, pero de diferentes marcas, porque uno es más concentrado que otro. Uno más dulce que los demás. Le cuentas, no postergas más el interrogatorio. Hija, hijita mía cuánto lo siento. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? No sabes cómo me duele, si parecía que iban a pasar toda la vida juntos, como la pasaron tus abuelos y tu papá y yo. Qué pena que te tocara un hombre así. Cuelgas. Debes hacer la lista de cosas que hacen falta y que se llevó A, porque esos espacios no pueden quedar vacíos. En cualquier momento se ocupa colgar un cuadro en la pared o de pronto le dan a uno muchas ganas de leer En las montañas de la locura.

Revisas estante por estante. Notas que faltan algunos libros que eran tuyos pero que nunca te gustaron demasiado. Es más, hay cierto alivio en no verlos, en no estarte recordando por qué los compraste en primer lugar. Tampoco están dos bufandas que él te regaló en su tercer aniversario. Dijo que era buena idea usarlas juntos porque eran de Harry Potter, debilidad de ambos. Una de Slytherin y otra de Gryffindor. Al menos no fuiste tú la que tuvo que marcharse. Aunque ahora que lo piensas bien, crees que no sería mala idea arrendar un departamento más chico. Con otro color en las paredes que ese gris odioso que nunca te gustó.

El cansancio se va y viene otra cosa. Algo más pesado. Como si de repente el corazón, los pulmones y el hígado se convirtieran en osmio. Te acuestas en el piso y lloras. No comprendes cómo terminaron las cosas así, si se querían tanto. Si hasta dejabas de leer cuando A te pedía que vieran juntos El Irlandés o Érase una vez en América. Cómo es posible que se acabe el amor, si procurabas tener su ropa negra acomodada por tonalidades. De la más descolorida hasta la más nueva. Si le cortabas el borde a los sándwiches porque los aborrece y te comías las aceitunas que le quitaba a las pizzas. Éramos tan buena mancuerna, te dices. El ying y el yang. Yo tan ratón de biblioteca y él tan malote. Tan lindo cuando lo conocí en el club de lectura de la universidad. Se sentaba frente a mí y no podía sostenerle la mirada mucho tiempo. Parecía que examinara cabello por cabello. Paseaba los ojos por mi fleco, mis lentes y mi lunar al lado de la boca. Sentí que podía verme a través del vestido, saber con exactitud el color de mis pezones y yo, deseosa, abría las piernas.

Por eso le dijiste que sí cuando te invitó una cerveza. Un sí rápido y seguro. Para qué hacerte la difícil si te gustaba tanto con sus playeras de The Cure. La primera noche tuvieron sexo y la siguiente. Se hicieron novios a las dos semanas de salir y tres años después se ha llevado los libros de García Márquez que nunca te gustaron y que parecía dinero tirado a la basura.

No tienes hambre, pero intentas comer algo de pescado que hay en el refri. No te sabe a nada. Ni bien, ni mal. Ni salado ni desabrido. Tampoco los chocolates ni las Sabritas. Toda la comida parece estar envuelta en plástico y no quieres probar bocado. Buena falta que me hace ponerme a dieta, piensas. Buena falta. Yo no estaba así hace tres años, cuando iba todas las tardes a nadar al polideportivo. No se me salían estos gorditos en la espalda ni tampoco me colgaba el pellejo de los brazos. Mira nada más lo que hiciste conmigo, A. Eres un miserable.

Las paredes grises son pantallas que proyectan una vida que se ha ido, pero que se repite en los recuerdos una y otra vez. El mismo recuerdo: una película distinta. Olvidas detalles y agregas otros. Los colores, el clima, el olor de los Marlboro que fumaba A y que fue dejando porque le hablaste de sus terribles y fatales consecuencias.

No te cambias de casa, decides pintar las paredes de color melocotón. Tu favorito. Compras la lámpara con flores que desde hace meses viste en una tienda de antigüedades. Te va costando menos dialogar con tus compañeros de trabajo que te invitan a almorzar juntos en Vips. Que te piden que vayas al cumpleaños de Miguel, el nuevo integrante del equipo. Es alto y joven. El más joven del grupo. Miguel te ve como si buscara la sombra de un fleco que una vez existió o como si adivinara el peso exacto de tus lentes sobre la nariz. Le dices por ahora no, pero seguramente otro día podemos ir por esa cerveza de barril de la que me has hablado tanto. Cómo no, si me sé todas las canciones de Rata Blanca y de Héroes del Silencio. Sí, no te estoy dando el cortón. Saldremos una noche de estas.

Por las mañanas sales a correr y vuelves a inscribirte al polideportivo. Comienzas a bajar de peso y compras ropa que no te atrevías a usar, más pegada y de colores brillantes. Tus compañeras te hablan cada tercer día para invitarte a tomar un café o para ver una película. Juntas se van a los bares y conoces gente. Hombres. Vuelves a sentir deseo sexual. No te resistes cuando te besan y sugieren ir a su casa más tarde. Nada serio. Aventuras de una noche.

Te sientes mejor, ya no pesa igual el dolor de la despedida. Casi no recuerdas a A y procuras no cuestionártelo. Amas mirarte al espejo y ver que pareces otra, una más segura, interesante, atractiva.

Esta tarde toca que pongas la casa para ver Esposas Desesperadas. Vas al supermercado para comprar vino, queso y jamón. Frituras y jugo de durazno. Te acercas para pagar y a dos clientes en la fila está A. No te mira o quizá no te reconoce. Va acompañado de una mujer. Rubia, el cabello le llega a los hombros. Trae un abrigo negro. Aborregado. Qué bonitos ojos verdes. Él lleva una chamarra de mezclilla, lentes de lectura y una camisa a cuadros tipo Vans. Más delgado, con aire serio. No te recuerda al A que jugaba Fortnite en sus ratos libres, sino a uno que ya leyó los libros de Lovecraft y hasta los de García Márquez. Sonríen y se besan. A se ve bien, contento con la chica rubia del abrigo.

Sientes algo, esa curva emocional que nace en el estómago y termina en la boca cuando subes a la montaña rusa. Ha pasado poco más de un año desde que se fue. No le puedes quitar los ojos de encima. Es otro. Uno que intentas reconocer pero que ya no existe, porque las antiguas versiones de nosotros mismos son instantes irrecuperables.

Notas que mantiene intacta esa sonrisa que te enamoró desde el principio y que seguramente enganchó a la rubia. Se toman de la mano. Llevan en la bolsa unas manzanas, queso y cereal. Qué sorpresa darte cuenta que estás sonriendo. Que no tienes nada en contra de ese hombre con el que compartiste tres años de tu vida. Qué gusto que ahora esté con la chica del abrigo, lucen como una pareja de Hollywood. Recuerdas a Miguel y su invitación para ir por una cerveza y cantar La chispa adecuada. Te dan ganas de ir a la tienda de antigüedades para comprar cuadros y llenar las paredes de la casa con réplicas de Monet.

Caes en cuenta que no has aprendido nada. Que también tú quieres conocer a alguien a fondo, enamorarte, compartir tu vida. Porque se siente bien que otra persona te dé los buenos días. Que interrumpa tu lectura para ver juntos una película. Se siente un beso del cielo cuando llegan con un té Lady Grace de Twinings. Y que, a fin de cuentas, una ruptura no es el fin del mundo. Todos los días se parten corazones que vuelven a florecer. Lo han vivido la mayoría de las personas en el planeta. No es la gran cosa. Para qué tanto sufrimiento, con qué propósito, cuál colisión. Reencontraste el hilo rojo, tienes los pies firmes de nuevo, los ojos limpios, sin lágrimas.

Abres las ventanas, repasas las canciones de Héroes del Silencio para el fin de semana. Te atreves a dar el paso, qué puedes perder. Al fin y al cabo sabes, mejor que nadie, que sobrevivirás.





UNA ESPERA INTERMINABLE

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