Aquella
que está ahí, vigilándome en un rincón, es Lorena. Mis hijos la contrataron
para que me cuide. Dicen que es enfermera, pero yo no creo. Nunca está vestida
de blanco, no trae cofia ni zapatos de piso. Blanquísimos. Lo único blanco de
Lorena son sus dientes y esa parte de los ojos que siempre me ven desde la
esquina.
Mis
hijos dicen que ya tiene mucho que perdí el juicio, que estoy loca, que
alucino. Que hace tiempo dejé de vivir en esta realidad. No es cierto. En esta
realidad estamos Lorena y yo. Ella vigilándome y no porque me cuide ni porque
desquite el dinero que le dan semana a semana. Está ahí porque quiere mi anillo
de jade.
En
el mundo hay toda clase de anillos. Algunos son de plástico, otros de metal,
también hay de plata y de oro. El único anillo de jade es el mío, el que traigo
puesto en el dedo anular de la mano derecha. Me lo regaló un novio que tuve.
Uno que no fue mi esposo pero que amé como a nadie. Estoy enamorada, te amo, me
hipnotizaste. Se llamaba Francisco y vivía en otro estado de la República. Viajaba
todos los fines de semana para verme.
Una
tarde me pidió un poco de amor y yo le entregué todo el que tenía. Luego sacó
un anillo de jade y me lo puso en el dedo. Esta es la prueba de que mi amor por
ti es eterno, dijo. Pobre Francisco, todavía no se enteraba de que lo único
eterno es la muerte. Francisco murió en un asalto. Le quitaron todo, menos el
anillo de jade que ya me había entregado esa tarde en la cama.
El
anillo es grande y se me cae. No puedo fumar con él y preferí quitarme el vicio.
Qué bonito está, nunca se terminará su color verde. Cuando me casé, mi marido
me preguntó por la historia del anillo y yo, ingenua, se la conté. Los ojos se
le inyectaron de sangre y me dijo que no quería vérmelo puesto o haría su maleta y me dejaría sola.
No
me lo quité. No por mi propia voluntad.
Lorena
camina hasta a mí y me pregunta si tengo hambre. Gracias Lorenita, no tengo
hambre. Deja que termine mi historia y luego vemos. Lorena mueve la cabeza,
sabe que hemos estado en silencio por casi dos horas. No sospecha que mi mente
recuerda todo lo que viví con el anillo desde mi juventud. A mi esposo que, una
noche mientras dormía, se atrevió a quitármelo y lo mandó lejos, a otro mundo.
A la luna y más allá.
Me
sentí desesperada. Quité todas las sábanas de la cama, hurgué en las esquinas
de los sillones, debajo de las macetas y hasta rompí todos los huevos que
encontré en la cocina, esperando que apareciera ahí como un milagro. No estaba.
Fui
con una gitana que muchas veces me ofreció leerme la mano y a la que nunca le
hice caso porque no necesito que me lean la suerte. Yo la sé. Nuestra suerte
está sentenciada desde el primer grito en el parto, fuera de eso nada es
importante. Todo pasa, todo pasa.
Me
dolía el dedo porque ya no sentía el peso del anillo de jade. El cuerpo tiene
memoria. Le pregunté a la gitana ¿dónde está mi anillo? Ella respondió en el
infierno. ¿Estás dispuesta a ir por él, Martina? Me duele el sol. Me duele el soplo
de las tardes calurosas. La vida misma me quema. Perdí la esperanza de volver a ponerme el
regalo más preciado de mi corazón.
Shh.
Ahí viene Lorena otra vez. Es ladina, es lista. Me trae de comer un caldo de
pollo. Sabe mejor que yo que me da sueño cuando termino de comer. Mi cuerpo ya
no es como antes. Necesita descanso. Mi mamá decía que cuando salimos de la
muerte (al nacer) y es momento de abandonar la vida (al morir), el alma
necesita descanso. Por eso los bebés duermen tanto. Por eso yo me duermo cuando
termino los caldos de pollo que me trae Lorena.
Ella
no sabe, no se imagina que le voy a pedir de comer un bistec asado al comal
porque ayer comí pollo y ya me aburrí. Le digo. Lorena contesta Martina, esa
carne es muy pesada. Come el caldo, te hará bien. No se imagina, no sabe mi
plan. Quiero bistec o no como nada. Tú dirás. Lorena me hace mala cara. Sonríe
a la fuerza y sale del cuarto.
No
fui al infierno por el anillo, el anillo regresó a mí. Estaba comiendo tiburón,
delfines, un par de medusas y un pulpo. Masticaba un tentáculo cuando sentí
algo duro que me estremeció los dientes. Qué escalofríos. Me saqué esa piedra lisa y astillada por mis muelas. Era el anillo de jade. Regresó a mí porque así
estaba dicho en las Sagradas Escrituras.
No
nos hemos separado desde entonces. Mi esposo terminó aceptando el milagro y
murió a su tiempo en la resignación. No he vuelto a recibir las cosas que me
regalan porque ya no hay espacio en mi cuerpo. Estoy hecha. Me hice cuando
Francisco me dio un regalo. Un adorno que me hizo, que me sigue haciendo
llorar.
Lorena
entra. En sus manos tiembla la charola. Todo el cuarto se llena del olor a
bistec. Tenedor y cuchillo. No quiero dormir porque Lorena me va a quitar lo
único que tengo, un anillo que se convirtió en la única cosa que me sigue atando
a la vida. Lo llevaré conmigo el día que cierre los ojos para no volver a
abrirlos. Me meterán al ataúd desnuda, sólo con un anillo puesto en el dedo
anular de la mano derecha.
Lorena
acomoda la charola en mi regazo. Tomo el cuchillo y no lo pienso. La carne
humana se corta más fácil que la de cualquier otro animal. El cuchillo entra en
su garganta y lo mancha todo de sangre. Me limpio la cara con el camisón. Ya no
hay amenaza. Se acabó. Todo queda atrás, menos el color verde del jade.
