jueves, 17 de agosto de 2023

EL ANILLO DE MARTINA

 


Aquella que está ahí, vigilándome en un rincón, es Lorena. Mis hijos la contrataron para que me cuide. Dicen que es enfermera, pero yo no creo. Nunca está vestida de blanco, no trae cofia ni zapatos de piso. Blanquísimos. Lo único blanco de Lorena son sus dientes y esa parte de los ojos que siempre me ven desde la esquina.

Mis hijos dicen que ya tiene mucho que perdí el juicio, que estoy loca, que alucino. Que hace tiempo dejé de vivir en esta realidad. No es cierto. En esta realidad estamos Lorena y yo. Ella vigilándome y no porque me cuide ni porque desquite el dinero que le dan semana a semana. Está ahí porque quiere mi anillo de jade.

En el mundo hay toda clase de anillos. Algunos son de plástico, otros de metal, también hay de plata y de oro. El único anillo de jade es el mío, el que traigo puesto en el dedo anular de la mano derecha. Me lo regaló un novio que tuve. Uno que no fue mi esposo pero que amé como a nadie. Estoy enamorada, te amo, me hipnotizaste. Se llamaba Francisco y vivía en otro estado de la República. Viajaba todos los fines de semana para verme.

Una tarde me pidió un poco de amor y yo le entregué todo el que tenía. Luego sacó un anillo de jade y me lo puso en el dedo. Esta es la prueba de que mi amor por ti es eterno, dijo. Pobre Francisco, todavía no se enteraba de que lo único eterno es la muerte. Francisco murió en un asalto. Le quitaron todo, menos el anillo de jade que ya me había entregado esa tarde en la cama.

El anillo es grande y se me cae. No puedo fumar con él y preferí quitarme el vicio. Qué bonito está, nunca se terminará su color verde. Cuando me casé, mi marido me preguntó por la historia del anillo y yo, ingenua, se la conté. Los ojos se le inyectaron de sangre y me dijo que no quería vérmelo puesto o  haría su maleta y me dejaría sola.

No me lo quité. No por mi propia voluntad.

Lorena camina hasta a mí y me pregunta si tengo hambre. Gracias Lorenita, no tengo hambre. Deja que termine mi historia y luego vemos. Lorena mueve la cabeza, sabe que hemos estado en silencio por casi dos horas. No sospecha que mi mente recuerda todo lo que viví con el anillo desde mi juventud. A mi esposo que, una noche mientras dormía, se atrevió a quitármelo y lo mandó lejos, a otro mundo. A la luna y más allá.

Me sentí desesperada. Quité todas las sábanas de la cama, hurgué en las esquinas de los sillones, debajo de las macetas y hasta rompí todos los huevos que encontré en la cocina, esperando que apareciera ahí como un milagro. No estaba.

Fui con una gitana que muchas veces me ofreció leerme la mano y a la que nunca le hice caso porque no necesito que me lean la suerte. Yo la sé. Nuestra suerte está sentenciada desde el primer grito en el parto, fuera de eso nada es importante. Todo pasa, todo pasa.

Me dolía el dedo porque ya no sentía el peso del anillo de jade. El cuerpo tiene memoria. Le pregunté a la gitana ¿dónde está mi anillo? Ella respondió en el infierno. ¿Estás dispuesta a ir por él, Martina? Me duele el sol. Me duele el soplo de las tardes calurosas. La vida misma me quema.  Perdí la esperanza de volver a ponerme el regalo más preciado de mi corazón.

Shh. Ahí viene Lorena otra vez. Es ladina, es lista. Me trae de comer un caldo de pollo. Sabe mejor que yo que me da sueño cuando termino de comer. Mi cuerpo ya no es como antes. Necesita descanso. Mi mamá decía que cuando salimos de la muerte (al nacer) y es momento de abandonar la vida (al morir), el alma necesita descanso. Por eso los bebés duermen tanto. Por eso yo me duermo cuando termino los caldos de pollo que me trae Lorena.

Ella no sabe, no se imagina que le voy a pedir de comer un bistec asado al comal porque ayer comí pollo y ya me aburrí. Le digo. Lorena contesta Martina, esa carne es muy pesada. Come el caldo, te hará bien. No se imagina, no sabe mi plan. Quiero bistec o no como nada. Tú dirás. Lorena me hace mala cara. Sonríe a la fuerza y sale del cuarto.

No fui al infierno por el anillo, el anillo regresó a mí. Estaba comiendo tiburón, delfines, un par de medusas y un pulpo. Masticaba un tentáculo cuando sentí algo duro que me estremeció los dientes. Qué escalofríos. Me saqué esa piedra lisa y astillada por mis muelas. Era el anillo de jade. Regresó a mí porque así estaba dicho en las Sagradas Escrituras.

No nos hemos separado desde entonces. Mi esposo terminó aceptando el milagro y murió a su tiempo en la resignación. No he vuelto a recibir las cosas que me regalan porque ya no hay espacio en mi cuerpo. Estoy hecha. Me hice cuando Francisco me dio un regalo. Un adorno que me hizo, que me sigue haciendo llorar.

Lorena entra. En sus manos tiembla la charola. Todo el cuarto se llena del olor a bistec. Tenedor y cuchillo. No quiero dormir porque Lorena me va a quitar lo único que tengo, un anillo que se convirtió en la única cosa que me sigue atando a la vida. Lo llevaré conmigo el día que cierre los ojos para no volver a abrirlos. Me meterán al ataúd desnuda, sólo con un anillo puesto en el dedo anular de la mano derecha.

Lorena acomoda la charola en mi regazo. Tomo el cuchillo y no lo pienso. La carne humana se corta más fácil que la de cualquier otro animal. El cuchillo entra en su garganta y lo mancha todo de sangre. Me limpio la cara con el camisón. Ya no hay amenaza. Se acabó. Todo queda atrás, menos el color verde del jade.

 

UNA ESPERA INTERMINABLE

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