Tres de la madrugada y yo hojeando
un libro con fotografías de restaurantes. Encontré una en especial que llamó mi
atención. Un hombre frente a una mujer, comiendo algo parecido a fideos
delgados, casi transparentes, con pollo. Comida oriental. Recordé cuando vivía
en Guanajuato y estaba triste. Tan triste que acepté salir con J.
J era y, es probable
que siga siendo, un hombre encajonado, tímido, absurdamente orgulloso. Me lo
pidió muchas veces hasta que le dije sí, vamos por comida oriental.
Llegó sudado.
La camisa cerrada desde el primer botón hasta el último. Fajado, sonriendo no
como un acto premeditado, sino de esas sonrisas que con descaro nos desobedecen
y ni siquiera nos damos cuenta de que las hacemos. Yo no podía quitarle la
mirada de encima, imaginando la vida de J cuando estaba solo y no tenía qué
limpiarse el sudor con Kleenex.
Hacía calor.
Decidí llevar a la “cita” una blusa de tirantes con un corpiño de tela. Bajo mi
blusa se notaba la forma de mis pezones. Yo lo sabía y él lo notó. Los miró un
segundo y volteó los ojos a otra parte, a la mona erigida en La Plaza de la
Paz.
Vamos a Guang
Xing, nunca he ido, pero dicen que está chido. Sí, eso dicen le contesté.
Vamos.
Con los años
he dejado de recordar ese sitio al que sólo fui una vez, así que voy a inventar
la atmósfera a mi conveniencia. Me gusta decir que, a pesar de ser un sitio de
comida oriental, no tenía los típicos dragones y tampoco estaba invadido de un
color rojo atropellante. Era más bien negro, con recortes de revistas como la
Rolling Stone. Por aquí y por allá la cara de Jim Morrison y también de Robert
Smith.
Pedimos cualquier cosa. Unos
fideos delgados, casi transparentes, con pollo. J hablaba mucho. Decía que tenía
tareas pendientes. Que estaba harto de los idiotas de su equipo de trabajo porque
se la pasaban de peda y no haciendo sus partes correspondientes en su proyecto
de La Eneida. Masticaba mientras hablaba
y yo no podía quitarle los ojos de encima.
De vez en cuando, J hacía una pausa y veía con detenimiento mi blusa. Luego daba un trago grande al agua de limón.
Pensé que J me imaginaba en una cama, con sábanas rojas. Esa debe ser la cama
de Samanta Galán. Una cama con sábanas rojas donde ella se va a dormir sólo con
una pantaleta, con el cuerpo bocabajo y con un ventilador que va secándole el sudor
del cuerpo porque cómo olvidar que hace un calor insoportable. Luego Samanta
Galán se voltea y deja al aire los pezoncitos que brincan en su blusa de
tirantes. Así debe ser Samanta Galán, eso pensé que pensaba J. Qué aburrido
eres J, sé que no tienes la suficiente imaginación para pensar una escena así.
Qué aburrido cuando hablas del
pleito eterno entre los de Filosofía y los de Letras. No me digas que para eso
me invitaste a comer comida oriental, qué hueva me das, J. De vez en cuando yo
decía que sí con la cabeza e iba enrollando interminablemente el espagueti en los
palillos. Sí J, tienes razón. En todo tienes razón.
Supe que esa noche no tendría
sexo, que prefería estar sola. Que llegaría a mi casa y subiría hasta la azotea
para esperar el atardecer. Que me quedaría ahí horas, viendo las luces
iluminando los cerros y destapado las cervezas que compré para J después de
darnos un buen revolcón.
Salimos del restaurante y J me preguntó
si quería que me acompañara a mi casa. Qué terrible salir con un hombre
aburrido. Una verdadera catástrofe. Nada le hubiera costado decirme Samanta, qué
te parece si ahora vamos al Pípila. Sé cuánto te gustan los lugares altos.
Nadie más sabe esto, pero yo lo sé, Samanta, porque te observo. Cuando estás
triste, como hoy, tienes la necesidad de subir a lugares altos porque desde la
altura te vuelves nada. Desapareces y desaparece contigo la tristeza. Miras las
casas, las iglesias, el edificio central, y piensas que ahí hay gente con
problemas sesenta veces más grandes y urgentes que los tuyos. Que eres chiquita,
apenas un punto en el espacio que no le importa a nadie y eso te hace sentir
aliviada, liberada de cargar tu propio peso en un mundo que nunca has entendido
bien, pero en el que toca estar por un malvado designio divino. Todo eso lo sé,
Samanta, te invito al Pípila. Prometo callarme la boca un segundo y acompañarte
en silencio, sólo estar junto a ti. Te quiero, Samanta. No me olvides nunca.
Qué insoportable eres, J. No
sabes cómo me arrepiento de haber salido contigo aquella tarde.
No gracias, te dije. Me voy sola
desde aquí. Nos despedimos de beso porque aquello no era un crimen todavía. Una
semana después tomé la decisión de largarme de Guanajuato y te dejé atrás con
tus pláticas aburridas y tus botones apretándote el cuello.
Pero todo esto que cuento es mentira. Nunca salí con un J a comer comida oriental. Es una historia muy sosa que acabo de inventarme porque son las tres de la mañana y hojeo un libro en el que aparecen fotografías de restaurantes. Ojalá algún día pueda conocer a un J diferente, uno que se chupe los labios cuando ve mis pezones debajo de la blusa. Ojalá algún día pueda dormir antes de las doce.