miércoles, 4 de junio de 2025

UNA ESPERA INTERMINABLE

 

                                                                                                                              Feliz cumpleaños, A. 

Juvencio me mira. Me enseña los dientes cada que le da un sorbo al café. Dientes negros. Ojos negros y en la cabeza ni un pelo. El aire hierve y huele mal. A animales muertos. La esposa de Juvencio se llama Soledad. Tampoco tiene pelo. La piel le cuelga como si se le estuviera derritiendo cada que sopla el aire.

    En una esquina está un perro con cara de niño. A lo mejor lo es, pero no me doy cuenta. Si es un perro, está sarnoso, sin pelo, sin dientes, sin cejas. Si es un niño, la miseria lo dejó en un estado de bestia moribunda que lucha por extinguirse. Aquí la muerte es una promesa. El Reino Prometido no está más allá de la muerte. Es la muerte que todo libera.

    Me acostumbré al mal olor y a la piel blanca y despellejada de los esposos. Me costó tres días llegar. A veces a pie, a veces a caballo. Tres días. Los mismos que necesita un templo para reconstruirse. Vine porque no encuentro a mi primo Rosendo. Lleva dos años desaparecido. Ni un rastro de su presencia.

    Mi tía vive en una eterna zozobra que luego se vuelve ilusión brillante y después el oscuro infierno. Yo ya no tengo padres. Mi tía es todo lo que me queda, pero yo no le quedo a ella, no desde que Rosendo salió una mañana a su trabajo, diciendo que iba a ganarse el pan de cada día y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer, caer, caer tan bajo y tan profundo que no existe fondo y quedamos suspendidos en un abismal vuelo que no tiene destino, ni brújula, ni final.

    No volvió ese día, ni el siguiente, ni el siguiente, ni el siguiente. Nos dijeron que la última vez que lo vieron, un hombre calvo de dientes negros, de ojos negros y olor a podredumbre lo había interceptado. Que le había dicho no sé qué, tal vez una propuesta de mejor salario, de Paraíso recuperado para que lo acompañara a una tierra lejana y desértica donde trabajaran juntos por un tiempo y luego lo dejarían ir. No sabemos, pero se presta a la suposición.

    El caso es que Rosendo se subió a la mula que llevaba el hombre calvo de ojos negros y los dos se fueron rumbo al oeste y luego nadie supo de su paradero.

    El perro niño gime. Tiene hambre, pienso. El hambre de toda una vida. El tipo de hambre que viene de un pensamiento: no hay nada. Entonces esa idea se va hacia las entrañas y lo penetra todo. Cada célula y átomo del alma y el cuerpo se contamina, porque es el tipo de hambre que no se acaba con un pan.

    Afuera se escucha un cordero. Bee, bee, bee. También escucho voces, me cuesta adivinar. Las moscas que rodean al niño perro no me dejan oír. Juvencio dice ya llegó tu primo Rosendo, te dije que estaba vivo, te dije que estaba aquí. No te miento, ¿ves? No miento nunca.

    Soledad se ríe. Sus dientes son perfectos, pero su piel derretida le borra cualquier rasgo de belleza que hubiera tenido alguna vez. El olor a muerte ya me cala en la garganta. Mi café se enfrió. La mujer de piel chiclosa me dice que si me lo vuelve a calentar y le respondo no gracias, no me gusta mucho el café. Entonces me lo arrebata y se lo bebe sin respirar, sin darse cuenta que se le derrama por las comisuras y que cae como un río negro entre sus arrugas incontables.

    Juvencio me dice que nos levantemos y de pronto recuerdo una canción que tarareaba en la infancia. Lalalala titititit lalalalalala titititit ti ti lala. Era de una caricatura. Aparecían dos botargas enormes con cara de mono. Las dos tenían una sonrisa eterna. Y cuando decían que lloraban porque se sentían mal o enfermos, la sonrisa seguía firme en sus rostros de cartón. Y yo no entendía, me acuerdo, por qué cuando algo me dolía hasta la sangre, lloraba tanto que las lágrimas me borraban cualquier recuerdo de un momento feliz. Cualquier seña particular y me volvía una sábana, una nube, una hoja de papel en blanco.

    Nos levantamos de las sillas de madera de ocote. Salimos al páramo que rodea la casa. Hay muchas personas alrededor, pero no logro verles el rostro. El aire sopla. Toda la mañana sopla el viento. El polvo que se levanta tapa el sol, pero puedo ver perfectamente al cordero bee bee bee.

    Lleva el sufrimiento clavado en los ojos. Es miedo. Se retuerce porque quiere huir de ahí, lejos. Entonces me doy cuenta de que esos ojos tristes ya los he visto antes. Que es mi primo Rosendo desaparecido. Que está rodeado de personas que lo llevan amarrado por el cuello, en una suerte de peregrinación.

    Soledad y Juvencio sonríen y se ponen a rezar yo soy el aire, yo soy Dios, yo soy el cordero de Dios que borra los pecados del mundo, dichosos los invitados a la mesa del Señor. Dicen yo soy el sol que corroe hasta el aire, yo soy la magia. Yo soy la transfiguración en el Monte Tabor. Yo soy la sangre de las cinco llagas de Cristo. Soy la Muerte, soy el río negro, soy el sol negro, soy el polvo que se levanta de la tierra y se pega en la garganta. Yo soy tú. Yo soy él. Nosotros y ellos.

    Las voces alrededor repiten lo mismo y los ojos del cordero sacan lágrimas de sangre. Me duele tanto el corazón que me cuesta respirar. Y en ese dolor pienso que quiero intercambiar el lugar con el cordero mi primo, que a mí ya nadie me espera, pero él tiene una vida en adelante con su madre, mi tía. Con una muchacha de cabello largo. Con una familia, con su amor.

    Quiero quedarme en el páramo hasta convertirme yo también en animal y me den en ofrenda al Dios de los Cielos Sepulcrales. Pero nadie me escucha. La peregrinación sigue, me atraviesa. Dejo de tener cuerpo y los hombres sin cara me traspasan. Mi cuerpo mismo se vuelve polvo y desde la altura veo cómo Rosendo es acomodado en una mesa de piedra. Grita, tiene miedo, lo rodean y desaparece.

    Luego el tiempo se detiene.

     El tiempo y yo siempre fuimos uno.




jueves, 17 de agosto de 2023

EL ANILLO DE MARTINA

 


Aquella que está ahí, vigilándome en un rincón, es Lorena. Mis hijos la contrataron para que me cuide. Dicen que es enfermera, pero yo no creo. Nunca está vestida de blanco, no trae cofia ni zapatos de piso. Blanquísimos. Lo único blanco de Lorena son sus dientes y esa parte de los ojos que siempre me ven desde la esquina.

Mis hijos dicen que ya tiene mucho que perdí el juicio, que estoy loca, que alucino. Que hace tiempo dejé de vivir en esta realidad. No es cierto. En esta realidad estamos Lorena y yo. Ella vigilándome y no porque me cuide ni porque desquite el dinero que le dan semana a semana. Está ahí porque quiere mi anillo de jade.

En el mundo hay toda clase de anillos. Algunos son de plástico, otros de metal, también hay de plata y de oro. El único anillo de jade es el mío, el que traigo puesto en el dedo anular de la mano derecha. Me lo regaló un novio que tuve. Uno que no fue mi esposo pero que amé como a nadie. Estoy enamorada, te amo, me hipnotizaste. Se llamaba Francisco y vivía en otro estado de la República. Viajaba todos los fines de semana para verme.

Una tarde me pidió un poco de amor y yo le entregué todo el que tenía. Luego sacó un anillo de jade y me lo puso en el dedo. Esta es la prueba de que mi amor por ti es eterno, dijo. Pobre Francisco, todavía no se enteraba de que lo único eterno es la muerte. Francisco murió en un asalto. Le quitaron todo, menos el anillo de jade que ya me había entregado esa tarde en la cama.

El anillo es grande y se me cae. No puedo fumar con él y preferí quitarme el vicio. Qué bonito está, nunca se terminará su color verde. Cuando me casé, mi marido me preguntó por la historia del anillo y yo, ingenua, se la conté. Los ojos se le inyectaron de sangre y me dijo que no quería vérmelo puesto o  haría su maleta y me dejaría sola.

No me lo quité. No por mi propia voluntad.

Lorena camina hasta a mí y me pregunta si tengo hambre. Gracias Lorenita, no tengo hambre. Deja que termine mi historia y luego vemos. Lorena mueve la cabeza, sabe que hemos estado en silencio por casi dos horas. No sospecha que mi mente recuerda todo lo que viví con el anillo desde mi juventud. A mi esposo que, una noche mientras dormía, se atrevió a quitármelo y lo mandó lejos, a otro mundo. A la luna y más allá.

Me sentí desesperada. Quité todas las sábanas de la cama, hurgué en las esquinas de los sillones, debajo de las macetas y hasta rompí todos los huevos que encontré en la cocina, esperando que apareciera ahí como un milagro. No estaba.

Fui con una gitana que muchas veces me ofreció leerme la mano y a la que nunca le hice caso porque no necesito que me lean la suerte. Yo la sé. Nuestra suerte está sentenciada desde el primer grito en el parto, fuera de eso nada es importante. Todo pasa, todo pasa.

Me dolía el dedo porque ya no sentía el peso del anillo de jade. El cuerpo tiene memoria. Le pregunté a la gitana ¿dónde está mi anillo? Ella respondió en el infierno. ¿Estás dispuesta a ir por él, Martina? Me duele el sol. Me duele el soplo de las tardes calurosas. La vida misma me quema.  Perdí la esperanza de volver a ponerme el regalo más preciado de mi corazón.

Shh. Ahí viene Lorena otra vez. Es ladina, es lista. Me trae de comer un caldo de pollo. Sabe mejor que yo que me da sueño cuando termino de comer. Mi cuerpo ya no es como antes. Necesita descanso. Mi mamá decía que cuando salimos de la muerte (al nacer) y es momento de abandonar la vida (al morir), el alma necesita descanso. Por eso los bebés duermen tanto. Por eso yo me duermo cuando termino los caldos de pollo que me trae Lorena.

Ella no sabe, no se imagina que le voy a pedir de comer un bistec asado al comal porque ayer comí pollo y ya me aburrí. Le digo. Lorena contesta Martina, esa carne es muy pesada. Come el caldo, te hará bien. No se imagina, no sabe mi plan. Quiero bistec o no como nada. Tú dirás. Lorena me hace mala cara. Sonríe a la fuerza y sale del cuarto.

No fui al infierno por el anillo, el anillo regresó a mí. Estaba comiendo tiburón, delfines, un par de medusas y un pulpo. Masticaba un tentáculo cuando sentí algo duro que me estremeció los dientes. Qué escalofríos. Me saqué esa piedra lisa y astillada por mis muelas. Era el anillo de jade. Regresó a mí porque así estaba dicho en las Sagradas Escrituras.

No nos hemos separado desde entonces. Mi esposo terminó aceptando el milagro y murió a su tiempo en la resignación. No he vuelto a recibir las cosas que me regalan porque ya no hay espacio en mi cuerpo. Estoy hecha. Me hice cuando Francisco me dio un regalo. Un adorno que me hizo, que me sigue haciendo llorar.

Lorena entra. En sus manos tiembla la charola. Todo el cuarto se llena del olor a bistec. Tenedor y cuchillo. No quiero dormir porque Lorena me va a quitar lo único que tengo, un anillo que se convirtió en la única cosa que me sigue atando a la vida. Lo llevaré conmigo el día que cierre los ojos para no volver a abrirlos. Me meterán al ataúd desnuda, sólo con un anillo puesto en el dedo anular de la mano derecha.

Lorena acomoda la charola en mi regazo. Tomo el cuchillo y no lo pienso. La carne humana se corta más fácil que la de cualquier otro animal. El cuchillo entra en su garganta y lo mancha todo de sangre. Me limpio la cara con el camisón. Ya no hay amenaza. Se acabó. Todo queda atrás, menos el color verde del jade.

 

jueves, 7 de julio de 2022

RESTAURANTES

 

Tres de la madrugada y yo hojeando un libro con fotografías de restaurantes. Encontré una en especial que llamó mi atención. Un hombre frente a una mujer, comiendo algo parecido a fideos delgados, casi transparentes, con pollo. Comida oriental. Recordé cuando vivía en Guanajuato y estaba triste. Tan triste que acepté salir con J.

J era y,  es probable que siga siendo, un hombre encajonado, tímido, absurdamente orgulloso. Me lo pidió muchas veces hasta que le dije sí, vamos por comida oriental.

Llegó sudado. La camisa cerrada desde el primer botón hasta el último. Fajado, sonriendo no como un acto premeditado, sino de esas sonrisas que con descaro nos desobedecen y ni siquiera nos damos cuenta de que las hacemos. Yo no podía quitarle la mirada de encima, imaginando la vida de J cuando estaba solo y no tenía qué limpiarse el sudor con Kleenex.

Hacía calor. Decidí llevar a la “cita” una blusa de tirantes con un corpiño de tela. Bajo mi blusa se notaba la forma de mis pezones. Yo lo sabía y él lo notó. Los miró un segundo y volteó los ojos a otra parte, a la mona erigida en La Plaza de la Paz.

Vamos a Guang Xing, nunca he ido, pero dicen que está chido. Sí, eso dicen le contesté. Vamos.

Con los años he dejado de recordar ese sitio al que sólo fui una vez, así que voy a inventar la atmósfera a mi conveniencia. Me gusta decir que, a pesar de ser un sitio de comida oriental, no tenía los típicos dragones y tampoco estaba invadido de un color rojo atropellante. Era más bien negro, con recortes de revistas como la Rolling Stone. Por aquí y por allá la cara de Jim Morrison y también de Robert Smith.

    Pedimos cualquier cosa. Unos fideos delgados, casi transparentes, con pollo. J hablaba mucho. Decía que tenía tareas pendientes. Que estaba harto de los idiotas de su equipo de trabajo porque se la pasaban de peda y no haciendo sus partes correspondientes en su proyecto de La Eneida.  Masticaba mientras hablaba y yo no podía quitarle los ojos de encima.

    De vez en cuando, J hacía una pausa y veía con detenimiento mi blusa. Luego daba un trago grande al agua de limón. Pensé que J me imaginaba en una cama, con sábanas rojas. Esa debe ser la cama de Samanta Galán. Una cama con sábanas rojas donde ella se va a dormir sólo con una pantaleta, con el cuerpo bocabajo y con un ventilador que va secándole el sudor del cuerpo porque cómo olvidar que hace un calor insoportable. Luego Samanta Galán se voltea y deja al aire los pezoncitos que brincan en su blusa de tirantes. Así debe ser Samanta Galán, eso pensé que pensaba J. Qué aburrido eres J, sé que no tienes la suficiente imaginación para pensar una escena así.

    Qué aburrido cuando hablas del pleito eterno entre los de Filosofía y los de Letras. No me digas que para eso me invitaste a comer comida oriental, qué hueva me das, J. De vez en cuando yo decía que sí con la cabeza e iba enrollando interminablemente el espagueti en los palillos. Sí J, tienes razón. En todo tienes razón.

    Supe que esa noche no tendría sexo, que prefería estar sola. Que llegaría a mi casa y subiría hasta la azotea para esperar el atardecer. Que me quedaría ahí horas, viendo las luces iluminando los cerros y destapado las cervezas que compré para J después de darnos un buen revolcón.

    Salimos del restaurante y J me preguntó si quería que me acompañara a mi casa. Qué terrible salir con un hombre aburrido. Una verdadera catástrofe. Nada le hubiera costado decirme Samanta, qué te parece si ahora vamos al Pípila. Sé cuánto te gustan los lugares altos. Nadie más sabe esto, pero yo lo sé, Samanta, porque te observo. Cuando estás triste, como hoy, tienes la necesidad de subir a lugares altos porque desde la altura te vuelves nada. Desapareces y desaparece contigo la tristeza. Miras las casas, las iglesias, el edificio central, y piensas que ahí hay gente con problemas sesenta veces más grandes y urgentes que los tuyos. Que eres chiquita, apenas un punto en el espacio que no le importa a nadie y eso te hace sentir aliviada, liberada de cargar tu propio peso en un mundo que nunca has entendido bien, pero en el que toca estar por un malvado designio divino. Todo eso lo sé, Samanta, te invito al Pípila. Prometo callarme la boca un segundo y acompañarte en silencio, sólo estar junto a ti. Te quiero, Samanta. No me olvides nunca.

    Qué insoportable eres, J. No sabes cómo me arrepiento de haber salido contigo aquella tarde.

    No gracias, te dije. Me voy sola desde aquí. Nos despedimos de beso porque aquello no era un crimen todavía. Una semana después tomé la decisión de largarme de Guanajuato y te dejé atrás con tus pláticas aburridas y tus botones apretándote el cuello.

    Pero todo esto que cuento es mentira. Nunca salí con un J a comer comida oriental. Es una historia muy sosa que acabo de inventarme porque son las tres de la mañana y hojeo un libro en el que aparecen fotografías de restaurantes. Ojalá algún día pueda conocer a un J diferente,  uno que se chupe los labios cuando ve mis pezones debajo de la blusa. Ojalá algún día pueda dormir antes de las doce.


sábado, 26 de marzo de 2022

ESTELA

 No sé dónde andarás ahora, pero cómo quisiera que pudieras leerme. No importa cuándo, ni cómo. Lo importante es que sepas, porque hay palabras que se llevan guardadas toda la vida y que se han rescrito tantas veces en la memoria que se quedan para siempre, como una cicatriz. Escúchame.

Fuimos amigas desde el comienzo. Desde que di el primer respiro debiste estar ahí, Estela, porque no recuerdo un momento en que volteara y no estuvieras al lado, con tu sonrisa de ratón. Con los dientes de enfrente más grandes y que se asomaban por debajo del labio. Tu labio hinchado, el labio superior más grande como el gajo de una mandarina.

Juegos. Las escondidas y la víbora de la mar. Tú y yo siempre de la mano, me acuerdo. Y cuando caía y me raspaba los codos o lo que sea, ibas a levantarme. Me limpiabas las lágrimas y decías no llores, Tita. No llores porque entonces se acaba el juego. Cuánta razón, Estela. Hay juegos que terminan en lágrimas.

Entramos al Colegio Mariano, al mismo salón. Todas las estudiantes mujeres. Ahí te noté diferente. Esa manera en la que leías los Salmos. También cuando la maestra te pedía que dieras lectura a La Batalla de Waterloo. La forma de seguir las palabras, tu lenta forma de separar las comas. Tus silencios en los puntos y aparte.

El cabello se te fue aclarando y decidiste dejártelo crecer a la cintura porque los peinados de la secundaria católica son muy estrictos. Así, al menos, llamo la atención, dijiste. Y yo te respondí claro que llamas la atención, Estela. Mira cómo se te agrandaron las caderas y esos topes que no se disimulan debajo del chaleco. Todos te voltean a ver, estoy segura.

Y yo te miraba, Estela.

Me hubiera gustado que las nuevas formas de tu cuerpo fueran sólo para mí y que no las notara Abelardo, el nuevo maestro de matemáticas. No olvido la mañana en la que entró al salón con la vista en el piso, un nudo de corbata malhecho y la camisa azul a medio fajar. ¿Qué edad tenía? Eso debes saberlo bien. Yo le calculé entonces unos veinticinco. Y cuando levantó los ojos, te miró directo a ti, a tu labio superior de mandarina.

Soy Abelardo y soy su maestro sustituto. Mi mamá se enfermó y no va a poder darles clase en dos semanas. Las monjas me dieron permiso de estar aquí en este tiempo, es un favor especial.

Las risas de las muchachas, las miradas de unas a otras y yo me reí con ellas porque parecía un bicho raro, una ballena en el desierto. Te pensaba decir qué ridícula manera de temblarle la mano al poner los números en el pizarrón, pero tus ojos, Estela, no los olvidaré nunca.

Abiertos y fijos, como de lechuza. Tus ojos que iban trazando rutas y los atajos en el cuerpo de Abelardo. Nunca te vi mirar así a nadie. Ni siquiera a mí, el día que nos fuimos las cuatro chicas al baño para hablar de confidencias. Para abrirnos la blusa y quitarnos los corpiños. El día que decidimos comparar nuestros pechos y te pusiste roja de la cara.

Todas riendo, menos tú. Cruzaste los brazos como protegiendo tus senos de nuestras miradas promiscuas.

No sé si esto está bien, dijiste cuando Ana y Luisa comenzaron a besarse. Cerraste los ojos cuando la mano de Luisa comenzó a masajear los pezones de Ana. El baño, ¿lo recuerdas, Estela?, parecía un horno. Yo podía imaginarme que el vapor que salía de esas bocas al besarse empañaba el espejo. Que de pronto nuestros uniformes se empapaban con ese deseo y que tus caderas anchas se abrían para mí.

Me acerqué a tocarte. Primero una mano. Susurré que no pasaba nada, que era un juego. Abriste los ojos y me viste. No como a Abelardo. Tus ojos redondos, como con miedo o vergüenza, mirándome a mí, como pidiendo disculpas. Y te besé el labio que no sabía a mandarina, que no sabía a nada y que no he podido comparar con ningún otro. Te mordí y dijiste ay.

Toqué uno de los pechos y no me detuviste. Luego la pierna y una nalga. Tú no me tocaste y cómo me hubiera gustado que al meterme los dedos notaras mi humedad, la misma que todavía aparece cuando recuerdo la tarde en el baño del colegio.

No pasó de ahí, lo sabes. ¿Tan amigas como siempre, Estela? Tan amigas, Tita, no pasa nada. Son curiosidades de la edad. No es que no me gustes. Es que siento que mis preferencias son otras. Somos amigas y las amigas no se tocan, ¿entiendes? Es eso.

Pero ya no fuimos tan amigas como siempre. Te sentaste en otra butaca, ya no me esperabas para irnos juntas después de clases y la cosa hubiera quedado ahí si no te hubiera encontrado esa tarde en la fiesta de Luisa. Las cuatro chicas de nuevo juntas en una pijamada.

Ana trajo alcohol que le robó a su madre. Tomaste tú y luego yo. Cómo estás, Tita. Bien y tú, todo bien. Me dijiste que Luisa había prometido llevar hombres a la pijamada, para despejarnos las dudas, para descubrir de una vez por todas si nos gustaba lo duro o lo blando. Ana y Luisa de la mano y tú mirando hacia la ventana.

Pasaba de la una cuando escuchamos el choque de unas piedritas en el cristal. Ana se asomó y susurró pásale, pero no hagas ruido. El aire entró al cuarto y ventiló el aroma del alcohol, de los perfumes a fresa y a piña. Las fragancias de las cremas que Ana nos prestó y que dejaban un rastro de luz en la piel, como una aurora boreal.

Y ahí estaba él: el maestro de matemáticas. Limpiándose las manos en la ropa. La vista ya no en el piso como en el salón de clases, sino viéndonos el cuerpo. Los pechos sin sostén detrás de las blusas de tirantes, mirando las licras pegadas a los muslos.

Qué esperas, bruto. Ya quítate la ropa.

Ana y Abelardo primos, nunca hubiera adivinado el parentesco.

Le dije que esto no sale de aquí, ¿eh? Porque nos corren a todos. Así que shhhh.

 Tu boca abierta, Estela, sin decir nada, los ojos clavados en él como a diario desde la butaca, entrando en el laberinto que creaste en el cuerpo de Abelardo.

Se quitó la camiseta y los jeans. Luego el bóxer negro, dejando frente a nosotras la erección firme, hinchada.

Bésalo, Estela. O bésalo tú, Tita, dijo Luisa. Tus manos temblando y las escondiste en la espalda. Tus ojos en el pene de Abelardo, el último callejón, la última calle oscura en tu mapa mental de su cuerpo. La cara suave y blanca que me limpiaba las lágrimas de niña, desfigurándose de pronto.

Abelardo impulsaba la mano hacia arriba y abajo con movimientos suaves, lentos, casi dictados. Que lo beses, te digo, Estela. Y tú, dando dos pasos hacia atrás. Y ellas que no salga de aquí porque le va a decir a todos y la que se arma.

Bésalo tú, Ana, dije. Y Ana se acercó al primo para besarle la boca y poner su mano sobre la que se estaba balanceando. Ya, ahora vas tú, Estela. Pero fue él el que se acercó a ti, decidido. Marcando los pasos en el suelo, tomándote de la cintura, como yo debí tomarte y dándote un beso en el labio, ese que secretamente me pertenecía.

Yo fui la que no aguantó más y salió corriendo. Mi frente y mi pecho sudando y tu voz gritándome que me esperara. Me alcanzaste afuera de la panadería francesa. ¿Por qué te vas? preguntaste. ¿Estás bien?

No te me acerques, zorra. Zorra de mierda, dije. Y tus ojos Estela, tan tristes, sorprendidos como si mi cara se hubiera transfigurado en la erección de Abelardo. En mi cara no era el sudor, sino las lágrimas la que me resbalaban hasta el cuello. Dije Zorra y después lo grité, cuando te vi correr de regreso a la casa de Ana.

Y ya nada fue lo mismo, Estela. No volvimos a hablarnos. Podía notar tu vergüenza y mi enojo cada vez que teníamos clase de matemáticas. Tus escapadas cada vez más frecuentes. Tus ausencias en las primeras horas de clase.

     Luego aquel lunes donde se quedó tu espacio vacío y el siguiente. La semana y el mes. Tu mamá nos contó que dejaste una carta de despedida. Te enamoraste. Abelardo y tú, una menor de edad. Prófugos en no sé qué lugar donde su amor no fuera imposible.

No volví a verte, Estela. Pero hay palabras que me he guardado para ti y que quiero decirte porque me carcomen la memoria. Esa noche en la casa de Ana, yo no habría besado otra boca que no fuera la tuya.

Ni esa noche, ni ninguna. 









lunes, 14 de febrero de 2022

VENTANAS CERRADAS, VENTANAS ABIERTAS

 

Llegas a tu casa y notas algo diferente. Ya no está colgado el cuadro de los dos, el que mandaste pintar con un artista callejero que hacen figuras psicodélicas con aerosoles. Tampoco están los cuadros de Joan Miró que nunca te gustaron porque en la noche parecían moverse y que tantas veces le pediste a A que los quitara. Bien, las ha quitado. Las ha quitado como quitó del librero su colección de mangas sin abrir de Berserk. Igual que los libros de Lovecraft de la editorial Del Nuevo Extremo, las obras de Asimov y de Ray Bandbury. Entras a la cocina para tomar agua. Lo topas de frente con un vaso de whisky. Dice me esperé a que llegaras. Me esperé, porque me gusta hablar las cosas como son. Ya no es lo mismo entre nosotros. Desde hace unos meses que…

Se va.

Escuchas la puerta cerrarse y el motor del taxi cuando se aleja. No puedes llorar. Sabes que tienes algo atorado, pero no ubicas dónde ni qué. Algo como una especie de cansancio que se mete en medio de los músculos, el cabello y la sangre. Tu respiración se entrecorta y prefieres terminar el whisky de A que tomar agua porque quién necesita agua en un momento así. Sirves el segundo y el tercero. El cuarto, el quinto. Bien servidos, hasta el borde.

Recorres el resto de la casa. Los cajones del armario son ataúdes abiertos. Ya no hay zapatos junto los tuyos, tampoco las fotografías instantáneas de los conciertos a los que fueron juntos. Ni de su último cumpleaños, ni de la primera vez que te regaló un ramo de flores. Tampoco están en la basura. No hay caras mutiladas en la taza del baño. Las habrá quemado o se las llevó. Quién sabe. Te acuestas en la cama y cierras los ojos.

Eso fue ayer. Hoy suena el teléfono muchas veces y te gustaría tomar un martillo y darle hasta que deje de fastidiarte la puta vida de una vez. No hay martillo, A se llevó las herramientas. Claro. Sus herramientas. Descuelgas y es tu mamá. Te pregunta qué tal todo y cómo está A. Caes en cuenta del fastidio que será decirle a tus familiares y amigos que A se ha marchado porque las cosas entre los dos ya se habían enfriado. Que él es un hombre de emociones fuertes y tú un ratón de biblioteca que gusta de comprar el té del mismo sabor, pero de diferentes marcas, porque uno es más concentrado que otro. Uno más dulce que los demás. Le cuentas, no postergas más el interrogatorio. Hija, hijita mía cuánto lo siento. ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? No sabes cómo me duele, si parecía que iban a pasar toda la vida juntos, como la pasaron tus abuelos y tu papá y yo. Qué pena que te tocara un hombre así. Cuelgas. Debes hacer la lista de cosas que hacen falta y que se llevó A, porque esos espacios no pueden quedar vacíos. En cualquier momento se ocupa colgar un cuadro en la pared o de pronto le dan a uno muchas ganas de leer En las montañas de la locura.

Revisas estante por estante. Notas que faltan algunos libros que eran tuyos pero que nunca te gustaron demasiado. Es más, hay cierto alivio en no verlos, en no estarte recordando por qué los compraste en primer lugar. Tampoco están dos bufandas que él te regaló en su tercer aniversario. Dijo que era buena idea usarlas juntos porque eran de Harry Potter, debilidad de ambos. Una de Slytherin y otra de Gryffindor. Al menos no fuiste tú la que tuvo que marcharse. Aunque ahora que lo piensas bien, crees que no sería mala idea arrendar un departamento más chico. Con otro color en las paredes que ese gris odioso que nunca te gustó.

El cansancio se va y viene otra cosa. Algo más pesado. Como si de repente el corazón, los pulmones y el hígado se convirtieran en osmio. Te acuestas en el piso y lloras. No comprendes cómo terminaron las cosas así, si se querían tanto. Si hasta dejabas de leer cuando A te pedía que vieran juntos El Irlandés o Érase una vez en América. Cómo es posible que se acabe el amor, si procurabas tener su ropa negra acomodada por tonalidades. De la más descolorida hasta la más nueva. Si le cortabas el borde a los sándwiches porque los aborrece y te comías las aceitunas que le quitaba a las pizzas. Éramos tan buena mancuerna, te dices. El ying y el yang. Yo tan ratón de biblioteca y él tan malote. Tan lindo cuando lo conocí en el club de lectura de la universidad. Se sentaba frente a mí y no podía sostenerle la mirada mucho tiempo. Parecía que examinara cabello por cabello. Paseaba los ojos por mi fleco, mis lentes y mi lunar al lado de la boca. Sentí que podía verme a través del vestido, saber con exactitud el color de mis pezones y yo, deseosa, abría las piernas.

Por eso le dijiste que sí cuando te invitó una cerveza. Un sí rápido y seguro. Para qué hacerte la difícil si te gustaba tanto con sus playeras de The Cure. La primera noche tuvieron sexo y la siguiente. Se hicieron novios a las dos semanas de salir y tres años después se ha llevado los libros de García Márquez que nunca te gustaron y que parecía dinero tirado a la basura.

No tienes hambre, pero intentas comer algo de pescado que hay en el refri. No te sabe a nada. Ni bien, ni mal. Ni salado ni desabrido. Tampoco los chocolates ni las Sabritas. Toda la comida parece estar envuelta en plástico y no quieres probar bocado. Buena falta que me hace ponerme a dieta, piensas. Buena falta. Yo no estaba así hace tres años, cuando iba todas las tardes a nadar al polideportivo. No se me salían estos gorditos en la espalda ni tampoco me colgaba el pellejo de los brazos. Mira nada más lo que hiciste conmigo, A. Eres un miserable.

Las paredes grises son pantallas que proyectan una vida que se ha ido, pero que se repite en los recuerdos una y otra vez. El mismo recuerdo: una película distinta. Olvidas detalles y agregas otros. Los colores, el clima, el olor de los Marlboro que fumaba A y que fue dejando porque le hablaste de sus terribles y fatales consecuencias.

No te cambias de casa, decides pintar las paredes de color melocotón. Tu favorito. Compras la lámpara con flores que desde hace meses viste en una tienda de antigüedades. Te va costando menos dialogar con tus compañeros de trabajo que te invitan a almorzar juntos en Vips. Que te piden que vayas al cumpleaños de Miguel, el nuevo integrante del equipo. Es alto y joven. El más joven del grupo. Miguel te ve como si buscara la sombra de un fleco que una vez existió o como si adivinara el peso exacto de tus lentes sobre la nariz. Le dices por ahora no, pero seguramente otro día podemos ir por esa cerveza de barril de la que me has hablado tanto. Cómo no, si me sé todas las canciones de Rata Blanca y de Héroes del Silencio. Sí, no te estoy dando el cortón. Saldremos una noche de estas.

Por las mañanas sales a correr y vuelves a inscribirte al polideportivo. Comienzas a bajar de peso y compras ropa que no te atrevías a usar, más pegada y de colores brillantes. Tus compañeras te hablan cada tercer día para invitarte a tomar un café o para ver una película. Juntas se van a los bares y conoces gente. Hombres. Vuelves a sentir deseo sexual. No te resistes cuando te besan y sugieren ir a su casa más tarde. Nada serio. Aventuras de una noche.

Te sientes mejor, ya no pesa igual el dolor de la despedida. Casi no recuerdas a A y procuras no cuestionártelo. Amas mirarte al espejo y ver que pareces otra, una más segura, interesante, atractiva.

Esta tarde toca que pongas la casa para ver Esposas Desesperadas. Vas al supermercado para comprar vino, queso y jamón. Frituras y jugo de durazno. Te acercas para pagar y a dos clientes en la fila está A. No te mira o quizá no te reconoce. Va acompañado de una mujer. Rubia, el cabello le llega a los hombros. Trae un abrigo negro. Aborregado. Qué bonitos ojos verdes. Él lleva una chamarra de mezclilla, lentes de lectura y una camisa a cuadros tipo Vans. Más delgado, con aire serio. No te recuerda al A que jugaba Fortnite en sus ratos libres, sino a uno que ya leyó los libros de Lovecraft y hasta los de García Márquez. Sonríen y se besan. A se ve bien, contento con la chica rubia del abrigo.

Sientes algo, esa curva emocional que nace en el estómago y termina en la boca cuando subes a la montaña rusa. Ha pasado poco más de un año desde que se fue. No le puedes quitar los ojos de encima. Es otro. Uno que intentas reconocer pero que ya no existe, porque las antiguas versiones de nosotros mismos son instantes irrecuperables.

Notas que mantiene intacta esa sonrisa que te enamoró desde el principio y que seguramente enganchó a la rubia. Se toman de la mano. Llevan en la bolsa unas manzanas, queso y cereal. Qué sorpresa darte cuenta que estás sonriendo. Que no tienes nada en contra de ese hombre con el que compartiste tres años de tu vida. Qué gusto que ahora esté con la chica del abrigo, lucen como una pareja de Hollywood. Recuerdas a Miguel y su invitación para ir por una cerveza y cantar La chispa adecuada. Te dan ganas de ir a la tienda de antigüedades para comprar cuadros y llenar las paredes de la casa con réplicas de Monet.

Caes en cuenta que no has aprendido nada. Que también tú quieres conocer a alguien a fondo, enamorarte, compartir tu vida. Porque se siente bien que otra persona te dé los buenos días. Que interrumpa tu lectura para ver juntos una película. Se siente un beso del cielo cuando llegan con un té Lady Grace de Twinings. Y que, a fin de cuentas, una ruptura no es el fin del mundo. Todos los días se parten corazones que vuelven a florecer. Lo han vivido la mayoría de las personas en el planeta. No es la gran cosa. Para qué tanto sufrimiento, con qué propósito, cuál colisión. Reencontraste el hilo rojo, tienes los pies firmes de nuevo, los ojos limpios, sin lágrimas.

Abres las ventanas, repasas las canciones de Héroes del Silencio para el fin de semana. Te atreves a dar el paso, qué puedes perder. Al fin y al cabo sabes, mejor que nadie, que sobrevivirás.





miércoles, 15 de diciembre de 2021

A mi padre

 2008

paño que impide ver del otro lado de la ventana


El recuerdo de cuando aprendí a andar

se volvió un globo aerostático


9:55am.

por la rendija de la puerta

veo brillar arena en su pantalón


Mi padre me dijo que el mar

es el resultado

de sumar todos los números


En una alfombra de polvo

vemos una película

que sólo se entiende

a través de un caleidoscopio


febrero pájaros bomba

cruzan el cielo.


Nunca me gustó la clase de estadística

Vamos a una ciudad desconocida

a reconocer huesos desconocidos


La primera vez que vi

el cráneo sucio de mi padre

supe que nunca

se termina de conocer

a una persona


 

            GLOSARIO DE IMÁGENES CONSERVADAS EN UNA CAJA DE ZAPATOS
                     (Por orden de aparición)
VENTANA: Noche sin luna cuyos metales fríos descubren sombras de máquinas hipnotizadas.

AEROSTÁTICO: Traje que usan los aviadores al momento de saltar con paracaídas. Gesto de despedida disimulado inútilmente.

ARENA: Tarjeta postal enviada del cielo antes de descalabrarse.

CALEIDOSCOPIO: La multiplicación de las ventanas de un rascacielos. También se conoce así a los ojos de araña.

PERSONA: Conflicto de luz y viento que se resuelve cerrando los ojos. Acción de cavar un agujero en un desierto infinitamente blanco. Bolsa de plástico que contiene una ciudad fragmentada.


Puede ser una imagen de 2 personas y personas de pie

miércoles, 27 de octubre de 2021

 

La santísima marcha de San Lázaro. Cabelleras blancas cubiertas con pañuelos sombra. Mamá aprieta mi brazo hasta acalambrarse. Enfermos que son 70% ciudad momificada. Paraíso garantizado. El que dirige tiene llagas en los pies, ocho perros se acercan a lamerlas. Cíclopes, aves sin plumas guían nuestros pasos con bramidos punzantes. Mi madre y yo somos limpias, pero dice que el amor es un acto de nomadismo que se aclara con los últimos colores del tiempo de aguas.

 

 

Las respuestas de Dios traen un error

 en el código postal y todo

 lo que ha sobrado

de la cosecha también es oración.




UNA ESPERA INTERMINABLE

                                                                                                                                            ...