Llegas a tu casa y notas
algo diferente. Ya no está colgado el cuadro de los dos, el que mandaste pintar
con un artista callejero que hacen figuras psicodélicas con aerosoles. Tampoco
están los cuadros de Joan Miró que nunca te gustaron porque en la noche
parecían moverse y que tantas veces le pediste a A que los quitara. Bien, las
ha quitado. Las ha quitado como quitó del librero su colección de mangas sin
abrir de Berserk. Igual que los libros de Lovecraft de la editorial Del Nuevo
Extremo, las obras de Asimov y de Ray Bandbury. Entras a la cocina para tomar
agua. Lo topas de frente con un vaso de whisky. Dice me esperé a que llegaras.
Me esperé, porque me gusta hablar las cosas como son. Ya no es lo mismo entre
nosotros. Desde hace unos meses que…
Se
va.
Escuchas
la puerta cerrarse y el motor del taxi cuando se aleja. No puedes llorar. Sabes
que tienes algo atorado, pero no ubicas dónde ni qué. Algo como una especie de
cansancio que se mete en medio de los músculos, el cabello y la sangre. Tu
respiración se entrecorta y prefieres terminar el whisky de A que tomar agua
porque quién necesita agua en un momento así. Sirves el segundo y el tercero. El
cuarto, el quinto. Bien servidos, hasta el borde.
Recorres
el resto de la casa. Los cajones del armario son ataúdes abiertos. Ya no hay
zapatos junto los tuyos, tampoco las fotografías instantáneas de los conciertos
a los que fueron juntos. Ni de su último cumpleaños, ni de la primera vez que
te regaló un ramo de flores. Tampoco están en la basura. No hay caras mutiladas
en la taza del baño. Las habrá quemado o se las llevó. Quién sabe. Te acuestas
en la cama y cierras los ojos.
Eso
fue ayer. Hoy suena el teléfono muchas veces y te gustaría tomar un martillo y
darle hasta que deje de fastidiarte la puta vida de una vez. No hay martillo, A
se llevó las herramientas. Claro. Sus herramientas. Descuelgas y es tu mamá. Te
pregunta qué tal todo y cómo está A. Caes en cuenta del fastidio que será decirle
a tus familiares y amigos que A se ha marchado porque las cosas entre los dos
ya se habían enfriado. Que él es un hombre de emociones fuertes y tú un ratón
de biblioteca que gusta de comprar el té del mismo sabor, pero de diferentes
marcas, porque uno es más concentrado que otro. Uno más dulce que los demás. Le
cuentas, no postergas más el interrogatorio. Hija, hijita mía cuánto lo siento.
¿Estás bien? ¿Necesitas algo? No sabes cómo me duele, si parecía que iban a
pasar toda la vida juntos, como la pasaron tus abuelos y tu papá y yo. Qué pena
que te tocara un hombre así. Cuelgas. Debes hacer la lista de cosas que hacen
falta y que se llevó A, porque esos espacios no pueden quedar vacíos. En
cualquier momento se ocupa colgar un cuadro en la pared o de pronto le dan a
uno muchas ganas de leer En las montañas de la locura.
Revisas
estante por estante. Notas que faltan algunos libros que eran tuyos pero que
nunca te gustaron demasiado. Es más, hay cierto alivio en no verlos, en no
estarte recordando por qué los compraste en primer lugar. Tampoco están dos
bufandas que él te regaló en su tercer aniversario. Dijo que era buena idea
usarlas juntos porque eran de Harry Potter, debilidad de ambos. Una de
Slytherin y otra de Gryffindor. Al menos no fuiste tú la que tuvo que
marcharse. Aunque ahora que lo piensas bien, crees que no sería mala idea
arrendar un departamento más chico. Con otro color en las paredes que ese gris
odioso que nunca te gustó.
El
cansancio se va y viene otra cosa. Algo más pesado. Como si de repente el
corazón, los pulmones y el hígado se convirtieran en osmio. Te acuestas en el
piso y lloras. No comprendes cómo terminaron las cosas así, si se querían
tanto. Si hasta dejabas de leer cuando A te pedía que vieran juntos El Irlandés
o Érase una vez en América. Cómo es posible que se acabe el amor, si procurabas
tener su ropa negra acomodada por tonalidades. De la más descolorida hasta la más
nueva. Si le cortabas el borde a los sándwiches porque los aborrece y te comías
las aceitunas que le quitaba a las pizzas. Éramos tan buena mancuerna, te
dices. El ying y el yang. Yo tan ratón de biblioteca y él tan malote. Tan lindo
cuando lo conocí en el club de lectura de la universidad. Se sentaba frente a
mí y no podía sostenerle la mirada mucho tiempo. Parecía que examinara cabello
por cabello. Paseaba los ojos por mi fleco, mis lentes y mi lunar al lado de la
boca. Sentí que podía verme a través del vestido, saber con exactitud el color
de mis pezones y yo, deseosa, abría las piernas.
Por
eso le dijiste que sí cuando te invitó una cerveza. Un sí rápido y seguro. Para
qué hacerte la difícil si te gustaba tanto con sus playeras de The Cure. La
primera noche tuvieron sexo y la siguiente. Se hicieron novios a las dos
semanas de salir y tres años después se ha llevado los libros de García Márquez
que nunca te gustaron y que parecía dinero tirado a la basura.
No
tienes hambre, pero intentas comer algo de pescado que hay en el refri. No te
sabe a nada. Ni bien, ni mal. Ni salado ni desabrido. Tampoco los chocolates ni
las Sabritas. Toda la comida parece estar envuelta en plástico y no quieres
probar bocado. Buena falta que me hace ponerme a dieta, piensas. Buena falta.
Yo no estaba así hace tres años, cuando iba todas las tardes a nadar al
polideportivo. No se me salían estos gorditos en la espalda ni tampoco me
colgaba el pellejo de los brazos. Mira nada más lo que hiciste conmigo, A. Eres
un miserable.
Las
paredes grises son pantallas que proyectan una vida que se ha ido, pero que se
repite en los recuerdos una y otra vez. El mismo recuerdo: una película
distinta. Olvidas detalles y agregas otros. Los colores, el clima, el olor de los
Marlboro que fumaba A y que fue dejando porque le hablaste de sus terribles y
fatales consecuencias.
No
te cambias de casa, decides pintar las paredes de color melocotón. Tu favorito.
Compras la lámpara con flores que desde hace meses viste en una tienda de
antigüedades. Te va costando menos dialogar con tus compañeros de trabajo que
te invitan a almorzar juntos en Vips. Que te piden que vayas al cumpleaños de
Miguel, el nuevo integrante del equipo. Es alto y joven. El más joven del
grupo. Miguel te ve como si buscara la sombra de un fleco que una vez existió o
como si adivinara el peso exacto de tus lentes sobre la nariz. Le dices por
ahora no, pero seguramente otro día podemos ir por esa cerveza de barril de la
que me has hablado tanto. Cómo no, si me sé todas las canciones de Rata Blanca
y de Héroes del Silencio. Sí, no te estoy dando el cortón. Saldremos una noche
de estas.
Por
las mañanas sales a correr y vuelves a inscribirte al polideportivo. Comienzas
a bajar de peso y compras ropa que no te atrevías a usar, más pegada y de
colores brillantes. Tus compañeras te hablan cada tercer día para invitarte a
tomar un café o para ver una película. Juntas se van a los bares y conoces
gente. Hombres. Vuelves a sentir deseo sexual. No te resistes cuando te besan y sugieren ir a su casa más tarde. Nada serio. Aventuras de una noche.
Te
sientes mejor, ya no pesa igual el dolor de la despedida. Casi no recuerdas a A
y procuras no cuestionártelo. Amas mirarte al espejo y ver que pareces otra,
una más segura, interesante, atractiva.
Esta
tarde toca que pongas la casa para ver Esposas Desesperadas. Vas al
supermercado para comprar vino, queso y jamón. Frituras y jugo de durazno. Te
acercas para pagar y a dos clientes en la fila está A. No te mira o quizá no te
reconoce. Va acompañado de una mujer. Rubia, el cabello le llega a los hombros.
Trae un abrigo negro. Aborregado. Qué bonitos ojos verdes. Él lleva una
chamarra de mezclilla, lentes de lectura y una camisa a cuadros tipo Vans. Más
delgado, con aire serio. No te recuerda al A que jugaba Fortnite en sus ratos
libres, sino a uno que ya leyó los libros de Lovecraft y hasta los de García
Márquez. Sonríen y se besan. A se ve bien, contento con la chica rubia del
abrigo.
Sientes
algo, esa curva emocional que nace en el estómago y termina en la boca cuando
subes a la montaña rusa. Ha pasado poco más de un año desde que se fue. No le
puedes quitar los ojos de encima. Es otro. Uno que intentas reconocer pero que
ya no existe, porque las antiguas versiones de nosotros mismos son instantes
irrecuperables.
Notas
que mantiene intacta esa sonrisa que te enamoró desde el principio y que
seguramente enganchó a la rubia. Se toman de la mano. Llevan en la bolsa unas
manzanas, queso y cereal. Qué sorpresa darte cuenta que estás sonriendo. Que no
tienes nada en contra de ese hombre con el que compartiste tres años de tu
vida. Qué gusto que ahora esté con la chica del abrigo, lucen como una pareja
de Hollywood. Recuerdas a Miguel y su invitación para ir por una cerveza y
cantar La chispa adecuada. Te dan ganas de ir a la tienda de antigüedades para
comprar cuadros y llenar las paredes de la casa con réplicas de Monet.
Caes
en cuenta que no has aprendido nada. Que también tú quieres conocer a alguien a
fondo, enamorarte, compartir tu vida. Porque se siente bien que otra persona te
dé los buenos días. Que interrumpa tu lectura para ver juntos una película. Se
siente un beso del cielo cuando llegan con un té Lady Grace de Twinings. Y que,
a fin de cuentas, una ruptura no es el fin del mundo. Todos los días se parten
corazones que vuelven a florecer. Lo han vivido la mayoría de las personas en
el planeta. No es la gran cosa. Para qué tanto sufrimiento, con qué propósito, cuál
colisión. Reencontraste el hilo rojo, tienes los pies firmes de nuevo, los ojos
limpios, sin lágrimas.
Abres
las ventanas, repasas las canciones de Héroes del Silencio para el fin
de semana. Te atreves a dar el paso, qué puedes perder. Al fin y al cabo sabes,
mejor que nadie, que sobrevivirás.
Si yo fuera tú, probaría Celestial: en particular los de frutos rojos.
ResponderEliminarApoco jajaja. Lo probaré, aunque definitivamente yo soy más de cafecito :3
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