No sé dónde andarás ahora, pero cómo quisiera que pudieras leerme. No importa cuándo, ni cómo. Lo importante es que sepas, porque hay palabras que se llevan guardadas toda la vida y que se han rescrito tantas veces en la memoria que se quedan para siempre, como una cicatriz. Escúchame.
Fuimos
amigas desde el comienzo. Desde que di el primer respiro debiste estar ahí,
Estela, porque no recuerdo un momento en que volteara y no estuvieras al lado,
con tu sonrisa de ratón. Con los dientes de enfrente más grandes y que se
asomaban por debajo del labio. Tu labio hinchado, el labio superior más grande
como el gajo de una mandarina.
Juegos.
Las escondidas y la víbora de la mar. Tú y yo siempre de la mano, me acuerdo. Y
cuando caía y me raspaba los codos o lo que sea, ibas a levantarme. Me
limpiabas las lágrimas y decías no llores, Tita. No llores porque entonces se
acaba el juego. Cuánta razón, Estela. Hay juegos que terminan en lágrimas.
Entramos
al Colegio Mariano, al mismo salón. Todas las estudiantes mujeres. Ahí te noté
diferente. Esa manera en la que leías los Salmos. También cuando la maestra te
pedía que dieras lectura a La Batalla de Waterloo. La forma de seguir las
palabras, tu lenta forma de separar las comas. Tus silencios en los puntos y
aparte.
El
cabello se te fue aclarando y decidiste dejártelo crecer a la cintura porque
los peinados de la secundaria católica son muy estrictos. Así, al menos, llamo
la atención, dijiste. Y yo te respondí claro que llamas la atención, Estela.
Mira cómo se te agrandaron las caderas y esos topes que no se disimulan debajo
del chaleco. Todos te voltean a ver, estoy segura.
Y yo
te miraba, Estela.
Me
hubiera gustado que las nuevas formas de tu cuerpo fueran sólo para mí y que no
las notara Abelardo, el nuevo maestro de matemáticas. No olvido la mañana en la
que entró al salón con la vista en el piso, un nudo de corbata malhecho y la
camisa azul a medio fajar. ¿Qué edad tenía? Eso debes saberlo bien. Yo le
calculé entonces unos veinticinco. Y cuando levantó los ojos, te miró directo a
ti, a tu labio superior de mandarina.
Soy
Abelardo y soy su maestro sustituto. Mi mamá se enfermó y no va a poder darles
clase en dos semanas. Las monjas me dieron permiso de estar aquí en este
tiempo, es un favor especial.
Las
risas de las muchachas, las miradas de unas a otras y yo me reí con ellas
porque parecía un bicho raro, una ballena en el desierto. Te pensaba decir qué
ridícula manera de temblarle la mano al poner los números en el pizarrón, pero
tus ojos, Estela, no los olvidaré nunca.
Abiertos
y fijos, como de lechuza. Tus ojos que iban trazando rutas y los atajos en el
cuerpo de Abelardo. Nunca te vi mirar así a nadie. Ni siquiera a mí, el día que
nos fuimos las cuatro chicas al baño para hablar de confidencias. Para abrirnos
la blusa y quitarnos los corpiños. El día que decidimos comparar nuestros
pechos y te pusiste roja de la cara.
Todas
riendo, menos tú. Cruzaste los brazos como protegiendo tus senos de nuestras
miradas promiscuas.
No sé
si esto está bien, dijiste cuando Ana y Luisa comenzaron a besarse. Cerraste
los ojos cuando la mano de Luisa comenzó a masajear los pezones de Ana. El
baño, ¿lo recuerdas, Estela?, parecía un horno. Yo podía imaginarme que el vapor
que salía de esas bocas al besarse empañaba el espejo. Que de pronto nuestros
uniformes se empapaban con ese deseo y que tus caderas anchas se abrían para
mí.
Me
acerqué a tocarte. Primero una mano. Susurré que no pasaba nada, que era un
juego. Abriste los ojos y me viste. No como a Abelardo. Tus ojos redondos, como
con miedo o vergüenza, mirándome a mí, como pidiendo disculpas. Y te besé el
labio que no sabía a mandarina, que no sabía a nada y que no he podido comparar
con ningún otro. Te mordí y dijiste ay.
Toqué
uno de los pechos y no me detuviste. Luego la pierna y una nalga. Tú no me
tocaste y cómo me hubiera gustado que al meterme los dedos notaras mi humedad, la
misma que todavía aparece cuando recuerdo la tarde en el baño del colegio.
No
pasó de ahí, lo sabes. ¿Tan amigas como siempre, Estela? Tan amigas, Tita, no
pasa nada. Son curiosidades de la edad. No es que no me gustes. Es que siento que
mis preferencias son otras. Somos amigas y las amigas no se tocan, ¿entiendes?
Es eso.
Pero
ya no fuimos tan amigas como siempre. Te sentaste en otra butaca, ya no me
esperabas para irnos juntas después de clases y la cosa hubiera quedado ahí si
no te hubiera encontrado esa tarde en la fiesta de Luisa. Las cuatro chicas de
nuevo juntas en una pijamada.
Ana
trajo alcohol que le robó a su madre. Tomaste tú y luego yo. Cómo estás, Tita.
Bien y tú, todo bien. Me dijiste que Luisa había prometido llevar hombres a la
pijamada, para despejarnos las dudas, para descubrir de una vez por todas si
nos gustaba lo duro o lo blando. Ana y Luisa de la mano y tú mirando hacia la
ventana.
Pasaba
de la una cuando escuchamos el choque de unas piedritas en el cristal. Ana se
asomó y susurró pásale, pero no hagas ruido. El aire entró al cuarto y ventiló
el aroma del alcohol, de los perfumes a fresa y a piña. Las fragancias de las
cremas que Ana nos prestó y que dejaban un rastro de luz en la piel, como una
aurora boreal.
Y ahí
estaba él: el maestro de matemáticas. Limpiándose las manos en la ropa. La
vista ya no en el piso como en el salón de clases, sino viéndonos el cuerpo.
Los pechos sin sostén detrás de las blusas de tirantes, mirando las licras
pegadas a los muslos.
Qué
esperas, bruto. Ya quítate la ropa.
Ana y
Abelardo primos, nunca hubiera adivinado el parentesco.
Le
dije que esto no sale de aquí, ¿eh? Porque nos corren a todos. Así que shhhh.
Tu boca abierta, Estela, sin decir nada, los
ojos clavados en él como a diario desde la butaca, entrando en el laberinto que
creaste en el cuerpo de Abelardo.
Se
quitó la camiseta y los jeans. Luego el bóxer negro, dejando frente a nosotras
la erección firme, hinchada.
Bésalo,
Estela. O bésalo tú, Tita, dijo Luisa. Tus manos temblando y las escondiste en
la espalda. Tus ojos en el pene de Abelardo, el último callejón, la última
calle oscura en tu mapa mental de su cuerpo. La cara suave y blanca que me
limpiaba las lágrimas de niña, desfigurándose de pronto.
Abelardo
impulsaba la mano hacia arriba y abajo con movimientos suaves, lentos, casi
dictados. Que lo beses, te digo, Estela. Y tú, dando dos pasos hacia atrás. Y
ellas que no salga de aquí porque le va a decir a todos y la que se arma.
Bésalo
tú, Ana, dije. Y Ana se acercó al primo para besarle la boca y poner su mano
sobre la que se estaba balanceando. Ya, ahora vas tú, Estela. Pero fue él el
que se acercó a ti, decidido. Marcando los pasos en el suelo, tomándote de la
cintura, como yo debí tomarte y dándote un beso en el labio, ese que
secretamente me pertenecía.
Yo fui
la que no aguantó más y salió corriendo. Mi frente y mi pecho sudando y tu voz
gritándome que me esperara. Me alcanzaste afuera de la panadería francesa. ¿Por
qué te vas? preguntaste. ¿Estás bien?
No te
me acerques, zorra. Zorra de mierda, dije. Y tus ojos Estela, tan tristes,
sorprendidos como si mi cara se hubiera transfigurado en la erección de
Abelardo. En mi cara no era el sudor, sino las lágrimas la que me resbalaban
hasta el cuello. Dije Zorra y después lo grité, cuando te vi correr de regreso
a la casa de Ana.
Y ya
nada fue lo mismo, Estela. No volvimos a hablarnos. Podía notar tu vergüenza y
mi enojo cada vez que teníamos clase de matemáticas. Tus escapadas cada vez más
frecuentes. Tus ausencias en las primeras horas de clase.
Luego aquel lunes donde se quedó tu espacio vacío y el siguiente. La semana y el mes. Tu mamá nos contó que dejaste una carta de despedida. Te enamoraste. Abelardo y tú, una menor de edad. Prófugos en no sé qué lugar donde su amor no fuera imposible.
No
volví a verte, Estela. Pero hay palabras que me he guardado para ti y que
quiero decirte porque me carcomen la memoria. Esa noche en la casa de Ana, yo
no habría besado otra boca que no fuera la tuya.
me encanta este cuento
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